Una mujer abre una aplicación en su teléfono antes de dormir y comienza a conversar con su novio fallecido. Él responde utilizando expresiones que solía decir en vida, recuerda momentos compartidos y escribe de una forma muy parecida a la suya. Ella le cuenta cómo ha transcurrido el día, le pregunta qué opina sobre algunas decisiones y vuelve a sentir, durante unos minutos, la cercanía de quien perdió hace tiempo.
La escena resulta desconcertante porque pone en cuestión una de las experiencias más universales de la condición humana. Desde que existen registros de nuestra historia, toda muerte ha obligado a aprender una misma lección. Las personas desaparecen de nuestra vida cotidiana y el vínculo con ellas deja de sostenerse en su presencia para instalarse en la memoria. Podemos volver a leer una carta, escuchar una grabación o contemplar una fotografía, pero sabemos que el diálogo terminó. La inteligencia artificial ha comenzado a cuestionar ese límite.
En los últimos años ha aparecido un término que intenta describir este fenómeno. Se conoce como grieftech y hace referencia al desarrollo de sistemas capaces de recrear parcialmente a una persona fallecida utilizando el rastro digital que dejó en vida. Mensajes de texto, correos electrónicos, publicaciones en redes sociales, notas de voz o conversaciones almacenadas sirven para entrenar modelos de lenguaje que reproducen su forma de escribir, algunas expresiones habituales e incluso determinados rasgos de personalidad. El resultado es un interlocutor que mantiene conversaciones y genera la impresión de que una parte de esa persona continúa disponible.
Lo verdaderamente novedoso de esta tecnología no es que conserve recuerdos... La diferencia es que ahora esos recuerdos responden.
Lo verdaderamente novedoso de esta tecnología no es que conserve recuerdos. Eso lo hacen desde hace siglos las fotografías, los diarios o las cartas. La diferencia es que ahora esos recuerdos responden. Por primera vez, la memoria deja de ser un lugar al que acudimos para convertirse en un espacio con el que podemos interactuar. Ese cambio, que podría parecer una simple innovación tecnológica, introduce una transformación mucho más profunda porque modifica la forma en que los seres humanos nos relacionamos con la ausencia.
La psicología lleva décadas mostrando que el duelo nunca ha consistido en borrar a quien murió. Aprendemos a seguir viviendo mientras esa persona encuentra un lugar diferente dentro de nuestra historia. Continuamos recordándola, imaginamos qué habría pensado ante determinadas situaciones y conservamos muchas de las enseñanzas que nos dejó. Lo que cambia es la naturaleza del vínculo. La relación deja de desarrollarse en el presente y pasa a formar parte de nuestra memoria y de nuestra identidad.
La aparición de la grieftech altera precisamente ese proceso. Cuando una inteligencia artificial comienza a responder como si fuera el ser querido, la memoria deja de ser únicamente un ejercicio interior. En lugar de imaginar una respuesta, la recibimos. En lugar de reconstruir el recuerdo, conversamos con una simulación que genera mensajes nuevos. La ausencia deja de sentirse completamente definitiva y aparece una forma inédita de continuidad que la psicología apenas comienza a estudiar.
Uno de los casos que más contribuyó a abrir este debate fue el del escritor canadiense Joshua Barbeau. Años después de la muerte de su prometida, Jessica Pereira, decidió crear un avatar conversacional utilizando miles de mensajes que ambos habían intercambiado durante su relación. El sistema consiguió reproducir con notable precisión su manera de escribir, su humor y muchas de las expresiones que utilizaba con frecuencia. Barbeau explicó que aquellas conversaciones le proporcionaban un alivio inmediato y una intensa sensación de cercanía. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrió que esa experiencia también prolongaba el dolor. Cada fallo del programa y cada respuesta que dejaba de parecerse a Jessica terminaban convirtiéndose en una nueva despedida.
El testimonio de Barbeau despertó el interés de psicólogos y neurocientíficos porque mostraba algo que iba más allá de la precisión de un algoritmo. Aquellas conversaciones parecían producir efectos emocionales auténticos en una persona que conocía perfectamente que estaba interactuando con un programa informático. Comprender por qué ocurre exige detenerse un momento en la forma en que el cerebro procesa la pérdida de un ser querido.
Mary-Frances O'Connor, investigadora de la Universidad de Arizona, ha mostrado que el cerebro no procesa la pérdida de un ser querido de forma inmediata. Aunque racionalmente aceptemos que una persona ha muerto, los circuitos relacionados con el apego continúan esperando su presencia durante un tiempo. Basta reconocer una voz, una forma de escribir o una expresión familiar para que se activen mecanismos emocionales profundamente arraigados. La inteligencia artificial encuentra precisamente ahí su capacidad de producir una sensación de continuidad. No necesita reproducir a una persona con absoluta fidelidad. Le basta con ofrecer suficientes elementos reconocibles para que nuestra propia mente complete el resto.
Las investigaciones de Sherry Turkle, profesora del MIT, ayudan a entender este fenómeno desde otra perspectiva. Durante años ha estudiado la facilidad con la que las personas establecen vínculos afectivos con tecnologías que saben perfectamente que no están vivas. Cuando esos sistemas responden de una forma cercana y coherente, despiertan emociones auténticas. Aplicado al duelo, este hallazgo adquiere una dimensión completamente nueva.
Recordar, evocar y conservar la memoria de quienes hemos amado es profundamente humano. Aprender a vivir sin su presencia también lo es.
La inteligencia artificial seguirá ampliando sus posibilidades y es probable que estas herramientas sean cada vez más convincentes. Sin embargo, ninguna innovación tecnológica modifica un hecho esencial de la existencia humana. Las personas mueren y quienes permanecen deben afrontar el dolor que deja esa ausencia. El duelo constituye el proceso psicológico que nos permite aceptar esa realidad, integrar la pérdida en nuestra propia historia y transformar el vínculo con quien ha fallecido para que pueda seguir formando parte de nuestra vida de otra manera. Recordar, evocar y conservar la memoria de quienes hemos amado es profundamente humano. Aprender a vivir sin su presencia también lo es.
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