Hay escenas cotidianas que todavía nos producen cierta incomodidad social. Una de las más comunes es ver a alguien hablando solo por la calle; solemos apartar la mirada o sonreír con extrañeza. Todavía arrastramos la idea de que hablar solo pertenece al territorio de la rareza o de la excentricidad. Sin embargo, la psicología actual ha empezado a estudiar este fenómeno con bastante más seriedad y los resultados son sorprendentes. Lejos de ser un signo patológico, hablar con uno mismo cumple funciones cognitivas y emocionales muy importantes.
La mayoría de los seres humanos mantiene un diálogo permanente consigo mismo. A veces ocurre en silencio y otras veces se externaliza en voz baja o en voz alta. En realidad, la frontera entre pensar y hablar solo es mucho más difusa de lo que solemos creer. El psicólogo Gary Lupyan ha investigado precisamente esto y sus estudios muestran que decir las cosas en voz alta mejora la concentración, la memoria y la organización de la conducta. En uno de sus experimentos, descubrió que las personas que repetían en voz alta el nombre de un objeto que estaban buscando lo encontraban mucho más rápido que quienes lo hacían en silencio. Esto pasa porque el lenguaje no solo sirve para comunicarnos con los demás, sino que ayuda al cerebro a enfocar la atención y a no dispersarse.
Todos lo hacemos en el día a día cuando nos decimos frases como "¿dónde puse las llaves?" o "primero termino esto". Ya el psicólogo Lev Vygotsky observó hace tiempo que los niños pequeños hablan solos mientras juegan. Con los años, esa conversación exterior se interioriza y se transforma en pensamiento. Por eso, cuando los adultos hablamos solos en momentos de estrés o cansancio, no es que estemos actuando como niños, sino que usamos el lenguaje para poner orden en nuestra mente.
Además, poner en palabras lo que sentimos ayuda a calmar la intensidad de las emociones. Decirse cosas como "tranquilo" o "puedes hacerlo" es una forma natural de regulación emocional. De hecho, los deportistas de élite como Michael Phelps usan este tipo de frases para controlar la ansiedad antes de competir. También lo hacen los cirujanos durante operaciones complejas para reducir errores, y grandes mentes como los cientificos Albert Einstein o Richard Feynman necesitaban hablar solos para darles forma a sus ideas.
El único problema real con el diálogo interno aparece cuando esa voz se vuelve cruel o destructiva. El psiquiatra Aaron Beck mostró cómo gran parte del sufrimiento viene de pensamientos automáticos llenos de autocrítica. Por tanto, lo importante no es si hablamos solos, sino qué tipo de diálogo mantenemos con nosotros mismos.
El verdadero peligro actual no es hablar solos; el peligro es cuando una persona pierde la capacidad de escucharse a sí misma en un mundo lleno de ruido. Hablar con uno mismo es una herramienta maravillosa para ordenar la vida. Al fin y al cabo, como decía el poeta Antonio Machado, este soliloquio no es más que una conversación con ese buen amigo que siempre va con nosotros.
Comentarios
Publicar un comentario