En los procesos de pérdida, o crisis emocionales y traumas el dolor no solo habita en los pensamientos. Se manifiesta físicamente: la rabia puede esconderse en la tensión de las pantorrillas y la tristeza suele oprimir el pecho hasta quitarnos el aliento. Esta somatización es la forma en que el organismo intenta contener un impacto emocional que nos supera.
La terapia corporal —a través de la integración de masajes, digitopresión y estiramientos, entre otras técnicas— permite establecer un diálogo con la historia de vida de una persona, una conexión de alma a alma. Al trabajar sobre el tejido y el músculo, se inicia un proceso de intervención donde movilizar la energía estancada es la clave para recuperar el equilibrio. Es un medio de sanación capaz de ayudar a remover dolores históricos y traumas recientes sin la necesidad de pronunciar una sola palabra.
Cuando permitimos que el cuerpo sea escuchado, los beneficios trascienden lo físico. Cuando se trabajan los puntos de tensión se liberan memorias celulares asociadas al dolor y esto redunda en una liberación emocional.
También, la terapia corporal ayuda a regular el sistema nervioso, pasando del estado de alerta a uno de calma y restauración. Encontramos liberación física y emocional, conectando con el presente y soltando viejas cargas que impactan en nuestro bienestar.

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